Arraigo y desarraigo en tres poetas chilenos (Lihn, Uribe y Teillier) |
por Roberto Aedo |
[1ª parte] |
Fuente: http://cuartoderevelado.cl
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El tema del viaje —símbolo de la vida— es uno de los más antiguos y tradicionales de la historia de la literatura; en occidente, tan antiguo como la épica homérica. Estrechamente ligado a él, la realidad y tema del destierro constituyen asimismo una pena antigua, que el honor y la pertenencia orgánica a una comunidad hacían más doloroso de lo que a menudo hoy se podría pensar: baste recordar el doloroso exilio de Ovidio o que antes Sócrates prefirió la cicuta. En el contexto de la mini-tradición poética de la poesía chilena, el destierro aparece en momentos cumbres de los grandes fundadores de la vanguardia histórica: pienso, por ejemplo, en el habla dolorosa que, con un dejo de mares bárbaros, modula aún la voz de “La extranjera”; pienso también en las quejas que sobre el trópico, los coolíes coringhis, las venenosas fiebres y los espantosos ingleses, profiriera el nostálgico y rabioso enamorado del “Tango del viudo”. En esta oportunidad, la invitación es a acercarnos, aunque sea muy brevemente, a cómo es que el binomio arraigo/desarraigo reaparece —metamorfosis de lo mismo— en tres destacados poetas chilenos, más o menos coetáneos, que produjeron su obra durante la segunda mitad del siglo XX.
Enrique Lihn: Pena de extrañamiento Luego de recorrer parte de Europa con una beca de la UNESCO para estudiar museología, y de haber publicado al año siguiente de ganarla Poesía de paso (1966) —el volumen con el que ganara también el por entonces muy prestigioso Premio Casa de las Américas—, Enrique Lihn decide radicarse al año siguiente en París. Después de algún tiempo, el poeta no logra instalarse por sí mismo fuera del ámbito de la generosidad de sus amigos, razón por la cual desiste de su empeño. Dicho intento fallido se inscribe en el marco de una situación de precariedad laboral que lo acompañó hasta principios de los setentas (1), y que es susceptible de ser leído dentro de un contexto mayor. En efecto, si consideramos a nivel textual el tema del viaje (uno de los más importantes dentro de su poesía (2)), nos encontraremos con la figura del extranjero :
Para Lihn, éste resultaba una prolongación casi “natural” del sujeto descentrado —proyectado dramáticamente hacia el pasado— que deambulaba por los paisajes de su propia memoria , y que sería el más característico de los que poblaban su primera obra maestra: La pieza oscura (1963). En esta nueva prolongación, el extranjero representaba para Lihn la situación del intelectual hispanoamericano que —en medio de su baldío asolado por la historia— vive un “exilio interior”, añorando en su calidad de meteco lo “entrañable europeo”, que sólo logra reconocer como la imagen en directo de lo que conociera indirectamente por los libros, la pintura, el cine o, simplemente, por la proyección idealizante de su deseo. De manera siempre consciente(4), su europeísmo lo mantiene a una distancia insalvable, tanto del europeo como de lo europeo:
De esta forma, su figura nos habla de la precariedad de nuestro medio cultural hispanoamericano —la que Lihn sufrió y exageró—, pero, simultáneamente, nos habla también de la alienación (6) cultural de un sujeto que, enajenado de su propio medio, remite constantemente a otro hegemónico que conoce por retazos culturales y/o por experiencias fragmentarias, y en el que no le es posible arraigar tampoco, pues siempre está “de paso”. Mas, si observamos con cierta detención, nos daremos cuenta de que a pesar de los múltiples desplazamientos que podemos observar en el plano denotativo de esta escritura, casi siempre dentro del ámbito de la vida urbana y, más precisamente, de grandes ciudades, de las capitales político-administrativas y/o culturales (“apuntes de viaje”, tomados por ejemplo en La Habana, París, Lima, Madrid, Barcelona, Texas o Nueva York, y hasta en los rincones que reconstruye la memoria, esa “versión presente de lo que fue”), en el plano connotativo en cambio, vemos que el desplazamiento no es tal. El exilio del extranjero es más profundo que el mero desarraigo cultural, puesto que se da, simultánea e inseparablemente, en varios planos; es, como se titula el texto que da nombre a su decimoséptimo volumen de poesía, una verdadera “Pena de extrañamiento” (7). En este sentido, puede decirse que en su poesía el desarraigo es también afectivo, puesto que sus hablantes —los sujetos de su escritura— son a menudo incapaces de establecer vínculos amistosos y/o amorosos duraderos e importantes que lo lleven a anclar, a arraigar o al menos a constituir un centro o eje, un referente estable en este sentido. Asimismo, su desarraigo es por así decirlo “epistémico”, ya que desconfía no sólo de la poesía (de su lenguaje, de su utilidad, de su capacidad real de transformar la realidad a través de la palabra), y —en un gesto vergonzante típico de cierta subordinación a una hegemonía cultural— de su lengua materna (8), aunque, en el fondo, el lenguaje mismo le parece insuficiente para expresarse y asir la realidad (9): Invocación tú que eres como el amor un lugar común tan difícil de intercalar para mí /en mi vida que ahora mismo no sé qué hacer contigo quizás destruir este poema estoy /sinceramente vacío no gano nada con emocionarme mientras te hago esperar en un lugar de La Habana. No quieres comprenderlo ni yo puedo decírtelo; por las palabras empieza mi temor por /ellas de las que me he servido demasiado tiempo para orillar este silencio al que siento /ligado como un loco a los tormentos del mar, en los malecones. Es una asfixia hablar, dar las explicaciones que nunca aclaran nada, destruir con la /palabra lo que se ha construido sin ella: el poema (…) Yo seré —éste es mi papel— nada más que un momento ni siquiera un castigo a tu /distracción o a tu desobediencia estamos cansados de todo esto, un momento de /angustia en lo oscuro: el extranjero que desespera por unirse a la vida en una ciudad como ésta, a la vida de la que tú eres, /después de todo, una pequeña imagen fiel a semejanza del amor a la vida, inolvidable. (10) El suyo es pues, a través de toda su obra, un ejemplo límite del drama de la alienación moderna: un desarraigo existencial que lo desrealiza, que lo afantasma y que hace de estos sujetos extranjeros en todas partes, “de profesión”, tanto en las instancias de acercamiento y/o intimidad con otros, como inclusive en los propios parajes de su memoria y de su cultura, con las que nunca llega a identificarse y/o a relacionarse satisfactoriamente, pero de las cuales no puede ni podrá escapar:
La “especie de filosofía negativa de la existencia” que Lihn vio y concibió en su poesía, en la raíz misma de su poética, de su poesía situada —desde La pieza oscura en adelante—, implica la concepción de la vida como una suerte de inexorable viaje, involuntario e indeseable, hacia ese dejar de ser que es la muerte (12). Durante dicho trayecto, sus hablantes están condenados al extrañamiento , capaz de hacer escribir a uno de ellos:
Armando Uribe: El criollo en su destierro En el caso del poeta Armando Uribe, la situación biopoética es —en un cierto sentido— inversa a la de Lihn. Si bien su referente cultural principal fue siempre Europa y, asimismo, es muy probable que haya sido principalmente París, él sí llegó a residir en la antigua capital de las luces, pero de una forma algo azarosa: más bien contra su voluntad. Luego de instaurarse la junta, como la cabeza del gobierno de la por entonces recién instalada dictadura militar, China (país en el que el poeta se desempeñaba como embajador de Chile) reconoce con gran prontitud —haciendo gala de un pragmatismo seguramente milenario— al gobierno ilegítimo que Uribe no duda ni se demora en rechazar públicamente (primero en entrevistas y encuentros con personeros políticos, y, más tarde, por escrito), poniendo fin a sus funciones diplomáticas, de las cuales fue rápidamente destituido por el nuevo gobierno de facto. A partir de ahí residirá, con distinta suerte, primero en el balneario de Biarritz y con posterioridad en la capital francesa, donde habría de ganarse la vida haciendo clases de ciencias políticas en el programa de doctorado correspondiente de la Sorbona, Universidad de París I (14):
Estos acontecimientos, como era de esperarse, afectarían directamente no sólo a la vida “real”, privada y pública, sino que también a la obra misma del poeta. Por un lado, decide no volver a editar libros de poesía (en verso) mientras la dictadura permanezca en el poder, razón por la cual sólo a partir de Por ser vos quien sois (1989), y sobre todo desde Odio lo que odio, rabio como rabio (1998), Uribe comenzará a publicar material inédito, tanto del acumulado como del escrito más recientemente, llegando a la fecha a contar más de una decena de volúmenes de poesía. El poeta no descansará: junto con los versos no publicados, desde su exilio europeo dará a luz textos que hoy constituyen para algunos —entre los que me cuento— verdaderos hitos cívico-políticos en la poesía chilena: publica en francés El libro negro de la intervención norteamericana en Chile (1974) —traducido a doce lenguas— y Los caballeros de Chile (1978), ambos reeditados en castellano a su retorno, y en los que dispara contra los golpistas desde su posición de diplomático y de miembro de la clase dirigente, a la cual, como veremos, renuncia. No por nada, alguna vez escribió algo paradójica, algo equivocadamente, aunque con sentido: “Tal vez la poesía no, pero el poeta sí cumple una función…” (16). Por otro lado, el tema del destierro, a pesar de estar explícito en pocos poemas, cala hondo en los numerosos libros publicados desde su retorno al país, después de diecisiete años de dictadura, entre los que podemos encontrar textos como el que sigue:
Para completar el sentido que tienen éstos y otros versos, resulta útil conocer el dato biográfico de su casi década de insomnio. Uribe es, en este sentido, un potente ejemplo poético de lo que Lihn denominara en uno de sus poemas “el sueño nunca bien conciliado” de tantos y tantos exiliados. Pero también, y muy principalmente, resulta de importancia para tales efectos saber qué es, qué significa para él el exilio. Para Uribe, y así lo ha expresado en más de una oportunidad, el destierro (al igual que el desarraigo, que su condición de extranjero para Lihn) es un estar siempre de paso, un verdadero “afantasmamiento”, una desrealización; es una suerte de antiutopía, en la medida en que es estar —dolorosa, negativamente— en un lugar no lugar:
Varios elementos se desprenden de esta cita, algunos de ellos importantes, pero que no podemos —por espacio— tratar aquí, como lo es por ejemplo su filiación fundamentalmente paterna, a nivel familiar y nacional, la que tiene importancia ya que influye en el carácter del poeta y de su poesía, tanto psicológica como simbólicamente (su dureza y racionalidad, entre otros aspectos) (19). Sea como fuere, cabe señalar que en el caso de Uribe el desarraigo es territorial, cultural y finalmente existencial: primero con su destierro político, principalmente francés; y luego, con su regreso a otro Chile, a un país distinto. Su desarraigo es también, en cierta forma, de clase. Todo esto está aquí estrecha, íntimamente relacionado. Vamos por partes. Uribe jamás abandona su “talante aristocrático”, su raigambre de familia añosa y tradicional (20), parte activa de una elite nacional de lo que él concibe como una patria, como un país-padre ahora perdido: el Chile “civilizado” o republicano, cuyo Estado histórico habría sido en su opinión destruido por el Golpe, luego de ciento cuarenta años de duración; desde Portales a Allende(21). Pero no sólo el Estado cambió al ser destruido, sino que también lo hizo la vida misma del país, sus habitantes, su cultura (22). Uribe condena a aquella fracción de la elite (que constituiría más de la mitad del total de la casta dominante) que en su opinión carece de arraigo: chilenos que no son chilenos, en su mayoría extranjeros que no han realizado un pacto con el pueblo y la nación de la que supuestamente desean o creen ser parte, y cuyo destino debiera —por ende— importarles, hasta el punto de hacerlo realmente propio. La elite dirigente, es decir, el conjunto de “los que mandan o han mandado en Chile”, se dedica a dirigir, a reproducirse y a perpetuarse en el poder, a amasar fortuna en este país como lo harían o podrían hacerlo en cualquier otra parte. Para Uribe, ellos se sienten más bien como una especie de “embajadores” o “representantes” de ciertos centros de poder político y económico, hegemónicos y extranjeros, desde un tiempo a esta parte, del imperialismo estadounidense o, como dice él, del “imperio más grande que ha existido nunca” (23). A pesar de y por su misma identidad familiar, religiosa y de clase, desde el Golpe y hasta hoy Uribe dejó —por sus profundas diferencias valóricas— de sentirse parte de la elite que dirige los destinos del país, lo cual debe ser, en mi opinión, entendido de todas maneras como una autocrítica ética a su propio egoísmo y alienación (24). No obstante lo discutible de su tesis —que ve en el Golpe una ruptura más que una continuidad (25)—, son sin duda estas tensiones y distanciamientos, los que lo llevan a escribir un libro como “Caballeros” de Chile, o poemas como el que sigue:
Por último, el destierro es también para él, según su propia y escrita confesión (además de un “haber sido dejado al margen”, de un “entrelíneas que no desciframos sino parcialmente”), en el fondo de los fondos “una forma de muerte” (27), lo cual nos lleva a ver al exilio en su poesía como una metáfora de aquélla —su tema fundamental—, y, quizás, viceversa.
Notas: (1) Más precisamente, hasta que en el año 72 fuera contratado como profesor del “ya mítico” Centro de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Físicas de la Universidad de Chile. (subir) (2) Coincido, en lo central, con los temas principales que ha identificado Adriana Valdés: “el viaje, las relaciones eróticas y la actividad poética misma”. Sin embargo, esta enumeración debiera quizás incluir un cuarto tema: el político-social, el cual —no obstante el silencio, la parcialidad y/o la incomprensión de la crítica al respecto— atraviesa su obra toda, desde las más a las menos importantes, es decir, desde su poesía hasta sus performances contraculturales. Para tales efectos, podría ampliarse el segundo y hablarse más bien de “relaciones sociales”, que incluye a las “eróticas”, así como el de “la actividad poética misma” podría, eventualmente, hacerlo con la del “lenguaje en general”. Otra opción posible, sería mantener esos tres ejes precisando dichas ampliaciones o alcances, que incluso hoy en día no son vistas correctamente por algunos “especialistas”, uno de los cuales ha llegado a afirmar por escrito que: “La posibilidad de una poesía política o denunciante nunca va a estar lejos de Lihn, De hecho, él escribió poemas políticos —aunque pocos— los que, vistos de manera retrospectiva, parecen más de circunstancia que de combate. Salvo por algunas excepciones (…) La obra de Enrique Lihn, de cualquier manera, no se caracteriza por ser ‘política'; es difícil encontrar en esta época más que los ejemplos mencionados. Con todo, ellos son testimonio de su tendencia, siempre latente, a tratar temas circunstanciales, sociales y políticos” (el destacado es mío). Vid. VALDÉS, Adriana. (1995). “Lihn, Enrique”, en Nelson OSORIO TEJEDA et al (eds.) Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina . Caracas, Ayacucho y Monte Ávila, pp. 2675-2679 (especialmente p. 2676); y AYALA, Matías (2005). “Musiquillas de Lihn: de cantor negativo de la revolución cubana a la improbable redención por arte de la palabra”, en Francisca NOGUEROL (cood.) Contra el canto de la goma de borrar: Asedios a Enrique Lihn. Sevilla, Universidad de Sevilla, pp. 123-124. He tratado de mostrar la constancia y permanencia de la preocupación político-histórica y de crítica social en la obra poética de Lihn, tanto en lo temático como en lo formal —ambos aspectos inseparables e interdependientes en poesía—, en mi trabajo “Un juglar en la Época del Sarcasmo: poesía, política e historia en Enrique Lihn”, ponencia leída en el primer Congreso de Poesía Chilena del siglo XX en 2006, en el encuentro Chillán Poesía 2007 y en Jalla 2008 (por voluntad aún permanece inédita). (subir) (3) De “Market Place” en LIHN, Enrique. (1996). Porque escribí. Santiago de Chile, Fondo de Cultura Económica, p. 67. (subir) (4) De esto Lihn, como de la gran mayoría de los fenómenos relacionados con su quehacer poético, estaba plenamente auto-consciente. Vid. LASTRA, Pedro. (1990). Conversaciones con Enrique Lihn. Santiago de Chile, Atelier Editores, pp. 54-59. (subir) (5) De “Muchacha Florentina” en LIHN, Enrique op. cit., p. 74. (subir) (6) Concepto central, casi de más está decirlo, no sólo para comprender la obra de Lihn. Si bien apareció en la esfera de la teoría política con Rousseau, la mayoría de los autores coincide en atribuirlo a Hegel quien, desde una perspectiva filosófica, dio origen al concepto en su sentido crítico-cultural moderno, el cual —como es sabido— fue criticado y redefinido desde un punto de vista filosófico-económico por Marx. Personalmente, me siento inclinado a concebir este fenómeno clave (cuyo concepto, si bien usado y abusado en otro tiempo, hoy ha dejado de ser moneda común) desde una perspectiva amplia e integradora, muy cercana a la de un marxista como Ernst Fischer y, sobre todo, a la del psicoanálisis humanista de Erich Fromm. Este último, además de mostrar cómo puede darse simultáneamente en diversos planos y retrotraerse a lo que los profetas del Antiguo Testamento concibieron críticamente como “idolatría”, entiende la alienación o enajenación como “un modo de experiencia en que la persona se siente a sí misma como un extraño (…) No se siente a sí mismo como centro de su mundo, como creador de sus propios actos, sino que sus actos y las consecuencias de ellos se han convertido en amos suyos, a los cuales obedece y a los cuales quizás hasta adora (…) sin relacionarse productivamente consigo mismo y con el mundo exterior”, aclarando que esto parece diferir “de una cultura a otra, tanto en las esferas específicas enajenadas como en la amplitud e integridad del proceso” y que, “tal como la encontramos en una sociedad moderna —él publicó estas palabras en 1955—, es casi total: impregna las relaciones del hombre con su trabajo, con las cosas que consume, con el estado, con sus semejantes y consigo mismo. El hombre ha creado un mundo de cosas hechas por él como no había existido nunca antes, y ha construido un mecanismo social complicado para administrar el mecanismo técnico que ha hecho. Pero toda esa creación está por encima de él”. Si bien Lihn fue explícito y quizás —desde su teratología de los setentas y a pesar de sus movimientos teóricos y su diferente adscripción— hasta programático con respecto a cómo se relacionaba su escritura con la alienación de su tiempo, la crítica lo ha obviado o lo ha tratado puntualmente y/o de manera muy general hasta el momento. Sólo un botón de muestra de su mejor periodo, en la década de los sesentas: “El propósito universalista de una nueva literatura poética latinoamericana —si es que se puede hablar positivamente de una nueva poesía latinoamericana— sería la (sic) de expresar y la (sic) de configurar poéticamente una imagen analítica, una visión crítica del hombre; y del hombre en un mundo histórico de situaciones perfectamente concretas y determinadas en cada caso, que actúan sobre él y sobre las cuales él actúa, que lo enajenan y de las que trata de desajenarse, con o sin éxito, pero de las que es preciso rendir cuentas, dar testimonio. // Yo diría que ir a lo universal significa ahora más notoriamente que nunca definir, o simplemente describir desde adentro una situación histórica entendida en su doble cara individual y colectiva, y naturalmente vivirla y hacerla vivir plenamente en el lenguaje”. Vid. HAUSER, Arnold. (1971). El Manierismo, crisis del Renacimiento. Madrid, Guadarrama, pp. 215-257; FROMM, Erich. (2004) Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. México, Fondo de Cultura Económica, pp. 104-175 y 224-226 (para las citas, pp. 105-106, 108 y 225-226), (1964). Marx y su concepto del hombre. México, Fondo de Cultura Económica, pp. 55-68, (1994). La patología de la normalidad. Barcelona, Paidós, pp. 55-98; FISCHER, Ernst. (2001). La necesidad del arte. Barcelona, Península, pp. 123-133 y (1968). Arte y coexistencia. Barcelona, Península, pp. 127-131, 141-144, 166-179, 184-186 y 220-225; FERRATER MORA, José. (2004). Diccionario de Filosofía. IV Tomos, Barcelona, Ariel, tomo I, pp. 105-107; y ABBAGNANO, Nicola Diccionario de Filosofía. (2004). México, Fondo de Cultura Económica, pp. 369-370; LIHN, Enrique. (1997). El circo en llamas. Santiago de Chile, LOM, pp. 62-63; Noguerol, Francisca “Pena de extrañamiento o la escritura de la alienación” en NOGUEROL, Francisca (cood.) op. cit., pp. 83-103. Intenté mostrar algunos aspectos de este complejo fenómeno en la poesía de Lihn, en diálogo con sus contextos de producción, a todo lo largo de mi trabajo “Un juglar en Época del Sarcasmo: una lectura de La pieza oscura y La musiquilla de las pobres esferas de Enrique Lihn” (2006) Santiago, Tesis para optar al grado de Magíster en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. (subir) (7) En relación con este título, Lastra escribió en 1986: “La fórmula legal, que supuestamente atenúa la violencia de la frase ‘condena de destierro', presta ahora a la última poesía de Lihn el servicio de su polisemia: pena y extrañamiento significan varias cosas, pero en la poética teatral de Bertolt Brecht la palabra ‘extrañamiento' se refiere a la distancia que hace posible la reflexión crítica del espectador. Aquí, bajo la especie contradictoria de una ‘emoción intelectual', y potenciado por su alianza con las connotaciones de la “pena”, el extrañamiento apunta a la situación del sujeto errátil que habla en estos poemas en distintos espacios, generando una dialéctica fantasmal entre los textos: un sujeto que se desrealiza en los lugares de paso, nunca habitados por él”. Vid. LASTRA, Pedro. (2000). Leído y anotado. Letras chilenas e hispanoamericanas. Imágenes/Encuentros. Santiago de Chile, LOM Editores, pp. 53-54 (para la cita p. 53, el destacado es suyo). (subir) (8) Lo que queda claro en versos como “El español con el que me parieron / padre de tantos vicios literarios / y del que no he podido liberarme / puede haberme traído a esta ciudad / para hacerme sufrir lo merecido: / un soliloquio en una lengua muerta”. De “Voy por las calles de un Madrid secreto” en LIHN, Enrique Porque escribí op. cit., p. 212. (subir) (9) La “pulsión” hacia el silencio en la poesía de Lihn es fuerte. Sin embargo, ella no se manifiesta a la manera concisa y desnuda del texto beckettiano, por ejemplo. En Lihn, ésta resulta directamente proporcional al entusiasmo, a la erotización y al impulso vital de y por la palabra poética; a la frondosidad (casi como el “horror vacui” del barroco), a la aceleración rítmica, que en el ejemplo citado se notan en el versículo y en la ausencia de cierta puntuación. No es casual —está lejos de serlo—que su figura retórica principal haya sido la “ampliación”, ni que haya sido un prototipo del poeta comprometido con su oficio: el que murió escribiendo con el lápiz amarrado a la mano. Sin ir más lejos, ese mismo compromiso fue sentido por él y testimoniado por muchos de sus hablantes —también poetas— en textos tan emblemáticos como “Mester de juglaría”, “Un escupitajo en la escudilla”, etc., y sintetizado muy bien en estos versos, también escritos al calor de la Revolución Cubana: “En pie de todo, menos yo. / Ama de casa en pie de guerra / contra la rata que la invade, / niños en pie de su futuro, con una guerra por delante, / hombres al pie del pie de guerra con sus insignias y proclamas. / Menos yo en pie de qué, / en pie de poesía, en pie de nada”. Vid. Ibid., p. 165. (subir) (10) De “Alma bella” en Ibid, pp. 151-153. (subir) (11) “Nunca salí del horroso Chile” en Ibid., p.213.(subir) (12) Vid. LASTRA, Pedro Conversaciones con Enrique Lihn op. cit., p. 34. Salvo honrosas excepciones (pienso en Eduardo Llanos, en Carmen Foxley y en pocos más), la mayoría de la crítica se ha contentado con seguir los planteamientos que el propio Lihn observara acerca de su actividad escritural, desarrollando de mejor o peor manera el concepto de poesía situada. Para un intento de síntesis de los principales aportes críticos hasta la fecha y de una visión crítica que conciba la poesía situada como un punto de partida y no de llegada, vid. AEDO, Roberto. “La feliz concreción de una indefensa, de una precaria incompletud: Notas sobre la Poética de Enrique Lihn”. En El navegante, nº 1, (2005), pp. 260-274. (subir) (13) De “Silbido casi tango” en LIHN, Enrique Porque escribí op. cit., p. 167 (coincido en esta cita con mi amigo, el poeta Eduardo Llanos, quien a mi entender es el más profundo conocedor de la poesía de Lihn). (subir) (14) Vid. desde el capítulo 33 al 36 en URIBE, Armando. (2002). Memorias para Cecilia. Santiago de Chile, Sudamericana, pp. 596-694. (subir) (15) “(Tenía treinta y nueve)” en URIBE, Armando. (1999). Las críticas de Chile. Santiago de Chile, Be-uve-dráis, p. 19. (subir) (16) Vid. “La poesía es cosa de vida o muerte” en URIBE, Armando. (1998). Imágenes quebradas. Santiago de Chile, Dolmen, p. 211. (subir) (17) De “Me preguntaba ¿qué hago aquí? (aquí era Francia)” en URIBE, Armando. (2000). A peor vida. Santiago de Chile, LOM Ediciones, p. 194. (subir) (18) Vid. “Nota” en URIBE, Armando. (2003). El criollo en su destierro. Santiago de Chile, Be-uve-dráis, p. 9. (subir) (19) Sería de gran importancia un estudio psico-poético de la filiación paterna o materna de los poetas, la que tiene más implicancias de lo que muchos autores, poetas y críticos, legos y letrados, pudieran querer ver o conceder. Dentro de los poetas chilenos destacados que presentan una filiación paterna, tenemos por ejemplo —antes de Uribe— a Pablo de Rokha y a Gonzalo Rojas, de quienes puede predicarse ciertamente los adjetivos que atribuimos a Uribe más arriba. Dicha filiación paterna permite entender, en gran medida, desde comentarios aparentemente inocuos o irrelevantes de sus Memorias (“Cuando llegó el mozo con los dos cafés, yo le eché algo de azúcar al mío, pero él pidió de inmediato ‘tráigame sacarina'. Es decir, el hijo del Aga Khan quería enflaquecer, no como su padre.”) hasta verdaderas declaraciones de principios del poeta: “Para mí, la actitud que tomaba frente al Golpe y la dictadura provenía, por una parte, de las experiencias que yo había tenido respecto a actitudes de mi padre, palabras de mi abuelo materno, y lo que sabía de mi bisabuelo, todos contrarios a cualquier especie de dictadura; y en seguida de mi propia condición moral de católico fiel. No entraban para mí las razones políticas precisas, sino la necesidad de ser responsable ciudadano chileno y hombre digno”. Vid. URIBE, Armando Memorias para Cecilia op. cit., pp. 596 y 606, respectivamente. Un rescate crítico de los aportes de Juan Jacobo Bachofen con respecto a los valores positivos y negativos de la adhesión a las figuras de la madre y del padre, en contraste con la posición racionalista-sexual de Freud y en relación con los principios morales, puede verse en FROMM, Erich Psicoanálisis de la sociedad contemporánea op. cit., pp. 44-47. (subir) (20) A él, de hecho, le gusta verse a sí mismo como un “caballero”, o incluso más, como un “criollo”, y cada vez que ha dedicado un escrito a algún personaje relevante, invariablemente, realiza en algún momento el examen de su genealogía, hasta donde esto le sea posible. No es de extrañar: como en los pueblos pequeños, por clase debe haber sido una costumbre muy arraigada en él, el conocimiento de la gente por su origen social y familiar. Vid. URIBE, Armando. (1998). Carta abierta a Patricio Aylwin. Santiago de Chile, Planeta, pp. 7-11; (2001). El fantasma de la sin razón y El secreto de la poesía. Santiago de Chile, Be-uve-dráis, pp. 24-28 (en el primero de ambos ensayos lo hace con Pinochet); y en su (2002). Carta abierta a Agustín Edwards. Santiago de Chile, LOM Ediciones, pp. 7-14. (subir) (21) Para el desarrollo de esta tesis y opiniones sobre el golpe vid. URIBE, Armando. (1999). Las brujas de uniforme. Santiago de Chile, LOM Ediciones; (2001). “El libro negro de la intervención norteamericana en Chile”, en Armando URIBE y Cristián OPASO. Intervención norteamericana en Chile (Dos textos claves). Santiago de Chile, Sudamericana, pp. 15-207 (especialmente pp. 17 y 203-207); URIBE, Armando y Miguel Vicuña. (1999). El accidente Pinochet. Santiago de Chile, Sudamericana, pp. 15 y 114-120; URIBE, Armando, Eduardo VASALLO y Miguel VICUÑA. (2005). Conversaciones en privado. Santiago de Chile, Cuarto Propio, pp. 98-100, 157-159 y 172-199 (especialmente pp. 197-199). (subir) (22)“¿Y qué fue del chileno / viril, culto, vernáculo, / señor de alguna tierra, / que sabe algo de leyes, / tranquilo? Se acabó, está enterrado: / ya no corren los trenes, / las cortinas de fierro ya se cierran, / la ciudad y los campos son como cementerio”. Vid. “(¿Y qué fue del chileno…?)” en URIBE, Armando Las críticas de Chile op. cit., p. 23. (subir) (23) “Estamos no pertenecemos / al país donde estamos ¡ésta no es Norteamérica! / Y sin embargo hay edificios de Wall Street / (se pronuncia güólstrit), éste es el caso: / se produjo la quiebra de todo, el golpe universal / de estado, estamos entre los escombros / que quedaron”. De “(Estamos no pertenecemos)” en URIBE, Armando Las críticas de Chile op. cit., p. 15. Vid. URIBE, Armando, Eduardo VASALLO y Miguel VICUÑA op. cit., pp. 15-49, 151-153 (para su opinión sobre el “imperio norteamericano”) y 173-174 (para la tesis del descompromiso de una parte de la elite con la nación y el pueblo de Chile); recientemente, me he re-encontrado con estas ideas —y hasta con el mismo poema que cité más arriba al respecto, mucho después de haber escrito estas páginas— en “Estamos no pertenecemos / al país donde estamos”, la entrevista que C. Arregui y N. Figueroa le hicieron al poeta en la revista 2010. Volver a decir Chile, nº 1, (2009), pp. 14-22. Esta tesis que Uribe concibe como de una “sociología profunda” que no ha sido desarrollada por la sociología académica o científica, sí había sido desarrollada y publicada en un deslumbrante ensayo de 1971 (reeditado con agregados 28 años después), que aún se encuentra lejos de tener el reconocimiento que merece. Para una potente síntesis tanto de la (in)movilidad y férrea estratificación de la sociedad chilena, como de las características principales de la elite dominante y los demás grupos sociales de clase, vid. PERALTA, Ariel. (1999). El mito de Chile. Santiago de Chile, Bogavante, pp. 97-148 (para la elite dominante pp. 104-120; para su “desarraigo” sobre todo pp. 119-120). (subir) (24) “Han pasado veinte o treinta años. Cuarenta desde que nací. No somos niños, los de las páginas anteriores. Habemos muertos, perdidos, olvidados. ¿hay ricos y poderosos? Sí los hay: están con la Junta (…) Ellos con la Junta, ¿están en Chile? / Creo que son más desterrados que yo. Se asilan en sus intereses, en los bienes que creen que tienen. Se identifican con sus bienes. Esas cosas son su patria. / ¡Pobres hombres!, ellos, pero también yo, que creíamos ser más que las cosas. Ellos han terminado identificándose con ellas y yo perdiéndolas. Dije que prefiero renunciar a esa gente. ¿No debería decir que también la he perdido? / ¿Qué creíamos ser? / No una clase (…) cada familia era una clase por sí sola; los parentescos eran ley (…) Nosotros éramos todos, sin distinción, el más perseguido de nosotros como el más dominante, todos aventajados frente a los pobres. / la existencia de los pobres era lo que nos daba unidad entre nosotros (…) Ellos eran: los otros absolutos, los otros de todos nosotros, los otros de todo. / Encarnecidos, peligrosos, feos. Contagiosos, protegibles. Necesitaban de nosotros, debíamos actuar de manera que les fuéramos necesarios para siempre. Dependientes. / Los caballeros deben mandar. Si no, este país se acaba”. Vid. URIBE, Armando. (2003). “Caballeros” de Chile. Santiago de Chile, LOM Ediciones, pp. 93-121 (para las citas pp. 93-94). La lucidez ética de Uribe no se lo permitiría de otra manera (quizás, ya se engaña lo suficiente al pensar que alguna vez fue primordialmente diferente). (subir) (25) Uno podría discutir el punto de vista de Uribe: por sobre la ruptura del orden, de la estabilidad de nuestra “historia republicana” heredada de Portales —viejo mito de Chile, lleno de crisis económicas y masacres populares—, y quebrantada por el golpe de estado. En efecto, uno podría ver la dictadura militar no sólo como un quiebre institucional que instauró un régimen del terror que, desde el aparato estatal, interrumpió dramáticamente un proceso de democratización que se remonta a las primeras décadas del siglo, sino también y simultáneamente, como la defensa, restauración y consolidación del orden y los privilegios de una elite —más o menos homogénea— que ha identificado los intereses de la nación con los propios (desde los tiempos del propio Portales, e incluso antes) y los del extranjero dominante a los cuales sirven como administradores —desde el salitre, pasando por el cobre y hasta llegar al oro de hoy—, instrumentalizando al pueblo frente al cual se definen —no sin desprecio— por oposición. Vid. PERALTA, Ariel op. cit., pp. 19-21; para las crisis y matanzas ocultadas tras el relato oficial de la “historia republicana” SALAZAR, Gabriel. (2003). “Sobre la situación estratégica del sujeto popular”, y para la conexión del proyecto nacional de la U.P. como parte un proceso democratizador mayor ROJO, Grínor. (2003). “Apunte sobre la Cultura en los Tiempos de la Unidad Popular”, en Rodrigo BAÑO (ed.). Unidad Popular 30 años después. Santiago de Chile, Departamento de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, pp. 207-226 y 241-253 (especialmente pp. 211-212 y 241-243), respectivamente. (subir) (26) De “Los desterrados. Nos dijeron” en URIBE, Armando. (2004). El Viejo Laurel 1953-2004. Santiago de Chile, Ediciones Tácitas, p. 182. (subir) (27) Vid. el capítulo 37 en URIBE, Armando Memorias para Cecilia op. cit., pp. 695-697. (subir)
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ALCANCES DE LA REFLEXIÓN
A PROPÓSITO DE TRES POEMAS ESCRITOS EN CHILE
Por Juan Espinoza Ale
“Así, se han escrito muchos libros inútiles: diarios de vida de colegiales aficionados a la cerveza, recuerdos de provincia, poemas para álbumes, conversaciones con amables fantasmas que, demasiado habituados a la vida de ultratumba, no tienen, finalmente, nada que decir.”
(Enrique Lihn. Definición de un poeta.)
I.
La eventual utilidad de la poesía es un asunto que ha dado para muchos escritos de variada profundidad, y por supuesto, diversas conclusiones que estarán siempre determinadas por el alcance que se le quiera dar a los conceptos. Claramente Lihn en la cita no emplea el mismo sentido que cuando espeta “la poesía no sirve para nada”, y no es sólo una diferencia anímica la que separa ambas visiones.
Para quienes se interesan en la poesía resulta inevitable preguntarse si este “respirar en paz para que los demás respiren” tiene alguna utilidad hoy, y cuál sería. Es evidente que no encontraremos una sola respuesta, pero lo que no podemos hacer en el presente, es sobrestimarla y mucho menos darla por sentado sin intentar a lo menos discutir sobre el asunto y el estado de la cuestión.
Vivimos en tiempos en que el valor social de la poesía es poco más que nulo, las razones para ello son complejas, como todo, y por lo mismo resultan un tanto absurdas algunas elucubraciones sobre la idiotez progresiva y generalizada de nuestra población, sólo porque ha dejado los libros de versos a un lado, a cambio de otras formas de cultura o entretención[1] . El ejercicio poético postdictadura ha pasado de ser un espacio de comunicación, “religante” de una comunidad agónica, a una serie de manuales esotéricos para cofradías de diversa calaña. A eso debemos sumar una prensa conformista-cómplice, un mercado editorial relativamente amateur, en donde no hay punto medio entre el amor al arte financiado por amigos, familia o el gobierno, y el hambre sin medida de dinero que no pone siquiera atención en la calidad del producto, monopolio de la distribución y los gastos institucionales en papelería, carreras universitarias diseñadas por estafadores y que en el mejor de los casos postulan un estudiante que no sepa una pulgada más allá del ámbito de su futura profesión o, peor aún, fomente el adoctrinamiento por sobre la libertad del conocimiento y el pensamiento crítico. Así, tenemos la mixtura perfecta para lograr el estado actual de cosas: conciencias plácidamente dormidas frente a la TV, frente al espejo, frente a frente. Esto queda aún más claro cuando contamos con ejemplos de países vecinos o lejanos, que nos llevan varios kilómetros de ventaja en ese aspecto, y que también tuvieron dictadura, que también miran tetas y culos antes de dormir, en fin.
En ese panorama buscamos la respuesta, en un país cuya población no es tan idiota como se esfuerza en aparentar, ni tan inteligente como cree mirándose el ombligo. Y puestos en el papel de agoreros, un pueblo que no lea poesía no debería asustarnos tanto como la perspectiva de un pueblo analfabeto, un pueblo que no reflexiona y que obedece: un pueblo con uniforme.
“La poesía está ahí para que el árbol no crezca torcido”, se decía, pues bien, hoy el árbol pareciera volcado a sus raíces. Cruzarse de brazos sería tan infantil como pensar que a fuerza de buenas intenciones la cosa pueda variar. Sin embargo, ayudar a torcerlo aún más es un lujo que nadie está en condiciones de darse, salvo ciertas psicopatías de por medio, que nunca faltan, al tiempo que el deseo voraz de cortar una tajada más o menos grande en el proceso de la degradación, hay de todo, ya hemos visto.
Vivimos tiempos rápidos, sin duda, en los que la reflexión brilla por su ausencia, desde las cúpulas del poder hasta las paradas de los buses. La poesía quizás tenga algo que decir al respecto, a su manera, con sus herramientas. Sólo en la medida en que despierte algún tipo de reflexión en el sujeto-lector, un poema, un libro, puede considerarse útil en los días que corren, ojalá, hacia algún lado.
Entiendo por reflexión aquello que media entre la vivencia o la percepción pura y la asimilación de la misma, es decir, el proceso mediante el cual el sujeto da forma a lo vivido o percibido y lo transforma así en experiencia, en algo útil que supera la mera sensación del instante. Esto que parece tan obvio no resulta tanto al contemplar algunos versos que no superan lo puramente confesional, así como otros que intentan reproducir mecánicas objetivistas y ni siquiera logran parecer una buena traducción de sus modelos anglosajones. En poesía, como en todo, hay técnica operando entre el corazón y la cabeza, también entre la cabeza y el papel, y no es necesario ser un experto en retórica para intuir algunas de las muchas posibilidades que el hacer poético y su lectura despliegan. Es por eso que quisiera centrar la mirada en tres poemas que a mi juicio proponen, escenifican o retratan la reflexión, persuadiendo al lector y no obligándolo a aceptar que lo escrito es interesante o conmovedor por la sencilla razón de estar en letras de molde. Son poemas que están lejos del chantaje emocional o la pirotecnia verbal que no hace más que sacarle brillo al vacío que la compone. Ahora bien, toda buena poesía es valiosa, útil si se quiere, y no es mi intención plantear que estos textos sean los únicos tipos practicables hoy, para eso ya tenemos las semanales tablas de la ley de los tantos montes que componen nuestra geografía literaria actual. De lo que sea que hablemos, aquello denotado y connotado, sin duda nos supera, siempre.
He escogido estos poemas pues considero que han tenido una recepción escasa o al menos no han recibido la atención que merecen. “Aerogramas 4”, de Edgardo Anzieta, que es parte de su libro Ideario de un territorio (1994), que sólo recientemente ha tenido alguna repercusión crítica entre los lectores más jóvenes, lo que sólo es posible justificar con una mala distribución en los inicios de la editorial LOM. El segundo es “Semilla”, de Diego Alfaro, que abre su primer libro Paseantes (2010), reseñado rápidamente por varios lectores con dudosa intención, escaso tiempo o nula capacidad analítica. Y por último, “Invisión” de Eduardo Llanos, un poema breve y de aparente sencillez que resulta injustamente eclipsado por otros poemas más reconocidos de su Contradiccionario (1983).
II.
AEROGRAMAS
4.Una gaviota en el cielo
pasa a ser LA gaviota necesaria del mundo:
recién ayer parece, recién ayer parece
y sin embargo, sus alas cargan el solo rumor
de las sabias conversaciones con Odiseo, el astuto.
Una gaviota en el cielo
. .. . . . parece,
ya no es pluma, ya no es oxígeno,
ya no es mar apretada y blanca, y
ella siembra semejanzas por las costas del alma
. .. . . . y uno dice
por qué no podrá ser dios cosas tan sencillas.
El poema inicia no con la descripción, sino con la aparición de un ser vivo. El punto de partida del texto es romántico y su desarrollo lo corrobora en un plano superficial y también en la exposición de su reflexión y lectura más profunda. Digo romántico refiriéndome al modo en que se expone el acercamiento al objeto y no por lo que comúnmente se alude con dicho término entre los autodenominados eruditos [2]. En esa misma dirección, hay que agregar que el supuesto desdén por la inteligencia por parte de los románticos merece ser matizado, y este texto lo deja bastante claro, si bien el modo de conocimiento es la intuición, ella no se encuentra cerrada sobre sí, sino que comprende, en el amplio sentido de la palabra comprender, tanto la totalidad del sujeto que observa como la totalidad del objeto observado. En dicha amalgama es que la gaviota se humaniza, o se hace cultura a través del tiempo y puede cargar en sus alas las conversaciones con aquél héroe clásico, conversaciones que rapsodas no pudieron relatar, entre el hombre al desnudo y la inmensidad, entre la mortalidad consciente y la representación terrestre de la infinitud.
Dicho ser vivo, parte de la naturaleza, desconectado aparentemente de lo humano, pasa a ser, en el poema, y por la mirada del hablante, la encarnación de la cultura, el testimonio de la lucha del hombre contra el destino, es decir, del hombre que vive o intenta vivir humanamente. Esto es la contemplación de lo humano por lo humano, el ansia romántica de alcanzar un conocimiento intuitivo a través de la empatía con el medio. En ese momento en que la gaviota deja de ser lo que es, y comienza a simbolizar, es decir, cuando se humaniza, pasa a representar un lugar en el universo interno del hablante y, como toda epifanía, no requiere explicación del enfoque logrado entre el objeto y la mirada, sino que la comprensión es el enfoque en sí, la sintonía.
Dentro del libro al que pertenece, este poema cumple una función de suma importancia, es, creo, una matriz de sentido de una de las líneas dominantes. Por otra parte, dentro de una obra de largo aliento y con intenciones épicas de lo sencillo o cotidiano, encontramos un quiebre con la forma y una concentración en el contenido; es por esto que me parece interesante abordar el modo de conocimiento que muestra, pues permite lanzar luz sobre dicho mecanismo que se encuentra presente a lo largo de todo el libro pero de manera más solapada. Así, el pájaro común se transforma en un símbolo necesario, al intentar con sus alas abrazar lo ilimitado, aspiración humana por lo demás, la de hacerse del mundo, transformarlo en la medida que se transforma a sí mismo, es un ejercicio de conciencia, que no puede evitar traer consecuencias en lo práctico.
El sembrar semejanzas nos evidencia lo anterior, la gaviota simboliza, sin dejar de ser lo que es: al ser un animal, que no existe para su contemplación pero que por la mirada logra portar lo humano, tiende puentes entre la voz y la naturaleza, abre puertas y es en sí misma un umbral hacia la comprensión de un mundo material del cual el hombre, lo quiera o no, forma parte. Hay, en definitiva, integración sin dogmas.
La gaviota, según el poema, transita las fronteras del alma, de aquello puramente humano, que sin dejar de serlo tiene acceso a la experiencia del todo, no como un arrobo místico, sino en una epifanía intelectual en que sujeto y objeto sintonizan. El objeto es el todo externo y el sujeto es el individuo pero también la comunidad humana, con sus alturas y crisis.
El último verso remarca, con la cursiva, nuevamente el sentido y a la vez abre la lectura hacia un plano más crítico de la cultura como fruto de la experiencia colectiva. La gaviota, en el insight, cumple una función compleja mas no rebuscada dentro de la empatía como forma de conocimiento, y la idea oficial de dios no permite dicho acceso debido a una supuesta complejidad en el entendimiento del concepto, se opone por tanto a lo que la gaviota simboliza, no es posible establecer a través de dicho constructo cultural una conexión efectiva y afectiva con nuestra conciencia.
El poema, en definitiva, estimula la reflexión del sujeto lector sobre sí mismo, pero añadiendo al entorno como parte de su interioridad, por tanto es una sutil invitación a establecer relaciones con una totalidad no divina sino profundamente humana. El lector se ve envuelto en una dialéctica con la cultura, con la naturaleza concreta y su relación con los otros, tan indispensable hoy como lo será siempre, mientras exista una humanidad digna de salvar.
III.
SEMILLA
En la ventana de un bus
empañada por el cansancio de un viaje
un niño, sus ojos
sin disculparse, casi como un relámpago,
trazó con uno de sus dedos
la solución al enigma.
Observando su obra,
la conjunción de números y letras,
empuñó -sin gesto- la manga de su chaleco
despidiendo la bruma y sus vacíos
para así admirar el paisaje.
Por alguna razón digna de otro artículo y otro siglo, algunos “lectores” califican de prosa a ciertos poemas por el simple hecho de tener un tono objetivo, sin poner la más mínima atención en las estrategias retóricas que justifican dicho tono, y menos a la regularidad rítmica, que es, hoy por hoy y hace bastante, la diferencia sustancial entre un escrito en prosa y uno en verso. Lo primero parece ser capricho mezclado con ignorancia, y digo esto pues basta mirar un corpus limitado de críticas para constatar que lo que allá es alabado sin argumentos, acá se condena de la misma manera. A la lista entregada por Lihn en el comienzo podemos agregar entonces una extensa nómina de textos que se quedan en el remedo de poemas anglosajones traducidos, y mal traducidos además, pues no se traduce a nuestra lengua real (con sus giros y cadencias) ni se traslada el subtexto cultural que se puede rastrear en toda poesía que no apueste únicamente a la impostura. Lo segundo ya es otra cosa, a la que estamos tristemente acostumbrados, es decir, pensar que la lectura debe centrarse única y exclusivamente en el contenido, y entender el enfoque en la forma como algo puramente superficial. Así, la crítica se ha permitido celebrar poemas, libros y hasta obras completas sustentadas en poco más que el chantaje emocional, en la supuesta transmisión sin mediaciones del dolor por tal o cual acontecimiento, la aparición de referentes sacados de las noticias del día de ayer o peor, de manuales de teoría europea de hace cuatro décadas, en fin.
No hace falta saber lo que es un anfíbraco para percibir la regularidad rítmica que se va afianzando verso tras verso en “Semilla”, un poema que si bien no tiene su punto más fuerte en la belleza formal, no hay un descuido de ella y es precisamente en el ritmo, más que en las aliteraciones o rimas internas, donde la forma tiende un puente hacia el contenido.
“Semilla” es un poema con un evidente cariz descriptivo, se podría decir que es hasta distante en el tono, pues el foco es el de un espectador que reserva sus juicios hasta el último verso que reinterpreta el poema en tu totalidad. Encontramos un poema sin ese compromiso emocional excesivo que a veces nos lanzan a la cara poetas algo ansiosos por mostrarnos lo sensibles y sensuales que son, un poema carente de pirotecnia violenta para con lo relatado, un texto que invita al compromiso del lector y no que invade como única posibilidad de comprensión.
Ahora, se habla de tono y por tal entendemos en términos sencillos la posición o actitud que adopta el hablante del poema en relación con el oyente, esto obliga al hablante que desee ser eficaz a escoger y disponer sus palabras teniendo presente en todo momento el efecto que pretende provocar. De no tener en cuenta esto, es decir, si lo relatado no encuentra el tono adecuado, el hecho a ojos del lector no comprometido con la persona que escribe, no resultará plausible [3]. Así, el tono de Semilla desde el primer verso nos obliga como lectores a observar sin cuestionamientos, a contemplar lo relatado sin poner abiertamente nuestra sensibilidad personal en juego con los versos.
No se nos explica lo que ocurre, los versos se sustentan a sí mismos, en lo concreto y contundente del cuadro dibujado, y toda traducción en prosa del suceso sólo podría degradarlo. Somos, en tanto lectores, espectadores y partícipes de la escena, pues en dicho tono descriptivo, el contenido de los versos nos acerca, sin obligarnos ya decía, a una situación cotidiana, a un lugar común en el buen sentido de la expresión, frente a una ventana de un bus cualquiera en la que tantas veces en nuestra infancia dibujamos saludos o sonrisas, extasiados por nuestra capacidad de modificar lo que tenemos ante nuestros ojos, que es, como el poema nos dice, poco más que el cansancio de un viaje condensado en el cristal. Esto no es casual, la estrategia que el hablante utiliza para persuadirnos de que dicho hecho puede tener algún valor para nosotros, es decir, para cualquiera, se nos evidencia como eficaz al llegar al verso 6, en donde “el enigma” no está cargado de la grandilocuencia propia del bate o del profeta que fustiga al oyente para que crea en su palabra, simplemente porque es su palabra, la de las musas, la de dios, o lo que fuere.
El enigma y su solución afloran con naturalidad, como parte del discurso que se viene desarrollando, por tanto, no es un golpe de efecto con la intención de aturdir al lector, sino que se presenta como parte de un continuo cotidiano. El enigma, y también su solución, a pesar de que ambas cosas las ignoramos, son parte de la vida del lector, así como el bus, el vapor, la ventana, el cansancio, el niño que juega sin disculparse, etc.
En dicho tono desplegado a través de dicha regularidad rítmica, que es eso exactamente y no monotonía, nos encontramos con los dos endecasílabos plenos que entregan o sugieren el material que compone el enigma. La conjunción de números y letras es al mismo tiempo la cristalización de la bruma y sus vacíos, un intento de la conciencia por conceptualizar la entropía y por tanto conjurarla, ordenar el caos que media entre el sujeto y el paisaje: velo de Maya, trampa de la conciencia.
Así, el ritmo de “Semilla” invita a la comprensión tranquila, y es la forma perfecta a la vez que el fondo preciso del texto. Su forma y contenido modelan al fin respiración y pensamiento, y aflora la poesía, incuestionable, más allá de enigmas resueltos o por resolver, aflora la belleza del paisaje humano terminada la lectura. Al comprenderlo, el paisaje es el mundo y también la interioridad del lector.
IV.
INVISIÓN
Solloza mi sobrino en la noche
y yo acudo a mecerlo en la ventana,
hasta que de espaldas a la luna él retorna a su sueño.
Y quedo ahí, de cara a las estrellas,
anhelando que baje un dios a consolarme,
porque también soy un niño que solloza en la noche.
Hablábamos antes de comprensión, de situaciones cotidianas, de reflexión. Este poema de Eduardo Llanos sintetiza en buena medida estos conceptos. La aparente sencillez de la situación descrita como escenario del insight o invisión en los tres primeros versos, es la manera en que el poema nos persuade para instalarla, para aceptar nuestro papel dentro de la escena sin cuestionamientos. Ello ocurre pues en la situación planteada hay conexión con la cotidianidad además de verosimilitud. Hasta ese momento se nos presenta poco más que una anécdota, pero el titulo nos obliga a avanzar a la espera del destello de la conciencia lectora. El sujeto descrito no se ve enfrentado a un kōan u otra estrategia intelectual o emocional ante la cual captar una verdad trascendente, es decir, quien habla nos plantea una contingencia común, humana en toda su limitación, a partir de la cual, presumimos hasta ese momento, surgirá un autoconocimiento profundo.
El uso de la primera persona puede engañar a más de alguno. Una cosa es el uso de la primera persona como estrategia retórica complementaria de variantes más neutras o usos de la función apelativa, no puede ser inmediatamente identificado con el abuso de la persona confesional. Si la primera persona es el punto de partida, el fin es la reflexión del lector frente al resultado de una epifanía, en la que la conciencia del sujeto sintoniza con su situación concreta y nos muestra que el ser humano es lo que hace, pero mucho más también. De esta manera la situación concreta se despersonaliza sutilmente, sin necesidad de exponerse de manera objetiva explícitamente. La vivencia siempre es personal y por lo mismo limitada (ya lo decía Lihn al comienzo, refiriéndose a los diarios de vida), pero lo personal adquiere carácter colectivo en el poema sin necesidad de nombrar el mecanismo y menos aún de referir directamente a un otro. Esto no es negar al individuo, sabemos que sin él no hay voz que nos dirija la palabra ni el pensamiento en la lectura, el individuo es sólo la base, pero es la base a partir de la cual, reflexión mediante, podemos llegar a vislumbrar la experiencia. La primera persona en el poema es una construcción, como todo lo demás [4].
El poema en términos de contenido parece sencillo, la naturalidad con que se despliegan las aliteraciones provocan el efecto de estar frente a una estructura espontánea, una construcción casual, y es precisamente ésta una de las virtudes del texto: la aparente sencillez del contenido y de la forma. Esto no debería pasar inadvertido, sin embargo, una suerte de obsesión por el puro contenido que a veces resulta en conceptismo malsonante y otras en la mera declaración de buenas intenciones, nos ha dejado el oído acostumbrado a escuchar muchas matracas, que aunque tengan lo suyo, no pueden ser la única manera o forma en que un determinado contenido se exprese. Esto no quiere decir que lo deseable sea lo contrario, que debamos postular una especie de formalismo sin sentido. Las ideas pueden ser la base, pero la poesía se sigue haciendo con palabras.
Ahora bien, es el sentimiento de orfandad lo que expone en su último verso este poema: si el sobrino solloza y es el arrullo de espaldas a la infinitud lo que permite su sueño, el hablante presuntamente adulto reconoce su angustia ante la incertidumbre, ante la inmensidad y su sinsentido en términos humanos, y el poema no entrega una respuesta, no baja un dios de ninguna clase a consolarlo.
La incertidumbre, tenemos prueba de ello cada día, genera “sistemas” de creencias que aportan consuelo y seguridad en igual medida, falsas ambas también, en igual medida. El poema nos sugiere las dos formas de afrontar el universo: como lo que es, y como lo que desearías que fuera; el hablante no cae en la tentación de ser tajante, nos persuade para reflexionar sobre nosotros y el asunto en cuestión, no para revelar un dogma. Es un niño el que solloza en la noche ante la evidencia de que sólo en otros seres humanos, muy concretos y bastante limitados, podemos encontrar una precaria tranquilidad y un limitado consuelo, la nostalgia divina sin duda está, pero está al mismo tiempo que la conciencia clara de su falta de fundamento.
El poema sin duda puede tener una lectura más piadosa, digo, que se limite a exponer el deseo de contactar con la divinidad, que observa con su infinita distancia al creyente agónico. Esto constituye también un mérito del poema, al no ser explícitamente taxativo y así dejar un espacio para que el llamado “sujeto con inquietud espiritual”, en su papel de lector, encuentre una salida que le permita reflexionar de igual manera sobre su marco de creencias, sin sentir que el poema lo ataca abiertamente. Es claro que esta lectura no llama demasiado nuestra atención, pues no va mucho más allá de lo que el poema denota, es decir, no provoca una reflexión demasiado profunda sobre los posibles sentidos connotados.
El deseo de estar en conexión con el universo y su carácter divino, nos entrega una posibilidad, aunque irracional, no menos importante en nuestro ser concreto, de pensar que algo de divino hay en nosotros también. Dicha afirmación, que va más allá de pensar que estamos constituidos por los mismos materiales, es sin duda un deseo muy humano y el poema lo incluye, pero es un deseo frustrado al entender las estrellas humanamente, comprenderlas en un sentido menos místico, como manifestaciones de una inmensidad que no podemos abarcar, y es su distancia al tiempo que su existencia inescrutable lo que nos afecta. Así, dios puede ser para el sobrino algo bastante más sencillo, y para el hablante, una ausencia que permite la emergencia de la epifanía. Cuando no hay verdadera reflexión, la incertidumbre frente al aparente caos genera dioses, como el sueño de la razón engendra monstruos. Esto es, entre otras cosas lo que afronta este poema, y resulta bello y útil desear, como un buen punto de partida cotidiano, si queremos que nuestra humanidad esté alguna vez a altura de sí misma, que dicha crítica, dicha reflexión, sea un movimiento permanente.
V.
Para terminar, debo agregar que no somos, en el diario vivir, conscientes de los procesos que nos llevan a configurar, ordenar y jerarquizan nuestra vivencia, por tanto, nuestra conciencia. La reflexión implica una amenaza a un sistema que propicia lo banal o la ignorancia no sólo en cuanto a literatura se refiere, es un detenerse sobre el instante para buscar un sentido nuevo y de alcance universal, es decir, humano.
En un momento en que, no sólo en poesía, se privilegia la imagen con efecto inmediato y pasajero, y el sentido es un asunto que se da por sentado, como si fuera de la reflexión humana los hechos debieran tener un sentido, no es de extrañar que sean poemas como los aquí reseñados los que provoquen una tensión tan necesaria para el así llamado pensamiento crítico de un sujeto que se presume pensante, un temor y un temblor frente a cómo llegamos a constituir una experiencia que bien o mal justifica nuestro actuar.
En tiempos de mentiras, estos poemas son entonces, entre muchas otras cosas, un cuestionamiento, pero también un testimonio de sentido, cuya veracidad, al ser poesía, no es posible cuestionar.
* * *
NOTAS:
[1] Para tener una visión más amplia del asunto, puede resultar productivo dejar de lado el Apocalipsis de San Juan y darle un vistazo a la serie de conferencias tituladas “El futuro del hombre” (1959), de Peter Medawar, no sólo por la vigencia de sus postulados, sino para ver cómo en medio de la guerra fría, los hombres con real espíritu humanista (un científico en este caso) no se echaron a morir, mientras eran otros los que morían, no precisamente de ignorancia.
[2] Robert Langbaum. La poesía de la experiencia.
[3] Pere Ballart. El contorno del poema.
[4] Alvaro García. Poesía sin estatua.
Revista Universitaria, Nº92. Santiago, 2006.
Pese a que se deja leer como una unidad, Entrevistas no debe considerarse de manera aislada: es parte de lo que se podría llamar la «constelación crítica» de Lihn, compuesta por El circo en llamas, editado por Germán Marín (Lom, 1997). Conversaciones con Enrique Lihn, de Pedro Lastra (Atelier, 1990), y por un volumen que posiblemente se publicará el próximo año, donde se reunirán sus escritos sobre arte. Estos cuatro libros despliegan a un critico poderoso, al que la literatura actual le debe bastante: el paso de los años se ha encargado de mostrar cuan certeras siguen siendo sus inteligentes y generosas radiaciones. Hoy resulta difícil ingresar a la obra de la Gabriela Mistral, al modernismo de Darío o a la antipoesía parriana obviando sus juicios. Lo mismo a esa suerte de canon que -de modo no calculado- hizo de la poesía chilena posterior a él; los nombres que lo componen {Juan Luis Martínez, Rodrigo Lira, Diego Maquieira, Claudio Bertoni, Paulo de Jolly, Erick Pohlhammer, Roberto Merino, Bruno Vidal) seguirán por largo tiempo resonando en nuestros oídos.
Al lector que sólo ha tenido la oportunidad de conocer la poesía de Lihn. y que se ha preguntando por qué se alude en ella de manera tan frecuente al lenguaje y a las condiciones de la escritura, este libro le entregará claves que le harán comprender que no hay en ello un alejamiento estéril de la realidad. Dice Lihn, luego de recitar a Paul Valery: «Despreocuparse del lenguaje, en literatura, no es más que intentar ocultarlo y hacerlo pasar por la realidad bajo la especie de ese ocultarniento. Denegar la realidad propia del lenguaje es un trabajo de falsificadores». Este severo punto de vista ante la ingenuidad de nuestros inspirados realistas, vale también para cualquier forma no razonada de poesía, sobre todo aquella donde los efluvios líricos no dejan ver el bosque del absurdo.
Normalmente se afirma que Ignacio Valente ocupó el puesto vacante que dejo Alone. La lectura de Entrevistas nos vuelve a recordar que a ese prejuicio no le quedan muchos años de vida.

Esta serie hace un recoorido por estos Seis Poetas:
"Claudio Bertoni, Diego Maquieira,Roberto Bolaño, Rodrigo Lira, Juan Luis Martínez y Gonzalo Muñoz"
Realización:
Alexis Candia-Oscar Rosales-Cristián Pérez.
Una Producción de HIELOROJO
2011
Enrique Lihn

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